Filosofía

 

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El pensador, de Auguste Rodin, representación clásica de un hombre inmerso en sus pensamientos. 


La filosofía
(del latín philosophĭa, y este del griego antiguo φιλοσοφία, 'amor por la sabiduría') es el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje. Al abordar estos problemas, la filosofía se distingue del misticismo, la mitología y ciertas formas de religión por su énfasis en los argumentos racionales, y de la ciencia experimental porque generalmente lleva adelante sus investigaciones de una manera no empírica, sea mediante la especulación, el análisis conceptual, los experimentos mentales u otros métodos a priori, sin excluir una reflexión sobre datos empíricos o sobre las experiencias psicológicas.

La tradición filosófica occidental comenzó en la Antigua Grecia y se desarrolló principalmente en Occidente. El término «filosofía» es originario de Occidente, y su creación ha sido atribuida al pensador griego Pitágoras. Su popularización se debe en gran parte a los trabajos de Platón y Aristóteles. En sus diálogos, Platón contrapuso a los filósofos con los sofistas: los filósofos eran quienes se dedicaban a buscar la verdad, mientras que los sofistas eran quienes arrogantemente afirmaban poseerla, ocultando su ignorancia detrás de juegos retóricos o adulación, convenciendo a otros de algo infundado o falso, y cobrando además por enseñar a hacer lo mismo.Aristóteles, por su parte, adoptó esta distinción de su maestro, extendiéndola junto con su obra a toda la tradición occidental posterior.

La filosofía occidental ha tenido una profunda influencia y se ha visto profundamente influida por la ciencia, la religión y la política occidentales. Algunos conceptos fundamentales de estas disciplinas todavía se pueden pensar como conceptos filosóficos. En épocas anteriores, estas disciplinas eran consideradas parte de la filosofía. Así, en Occidente, la filosofía era una disciplina muy extensa. Hoy, sin embargo, su alcance es más restringido y se caracteriza por ser una disciplina más fundamental y general que cualquier otra.

Vanidad

El vacío que sentimos cuándo miramos hacia dentro de nosotros y no vemos ningún ancla al que aferrarnos, o el sentimiento de fragilidad de la vida, eso que un novelista tituló la levedad del ser, que conlleva además la sensación de sinsentido y absurdo, de total pérdida de sentido de las cosas que nos pasan hasta hundir nuestra voluntad en el nihilismo, en un mundo en el que Dios ha muerto, son vivencias y experiencias comunes que suponen uno de los más decisivos retos de la filosofía, reto que se cifra en combatir el pensamiento en contra de la vida, que se opone, que la devalúa, buscando otras fórmulas y conceptos que la afirmen.

El carácter necesariamente efímero pero gozoso de la vida y la posibilidad de asumirla jovialmente fue central en el tiempo del Renacimiento, cuando se preguntaron los hombres de aquel renacer cuáles eran los valores que debían ponerse en juego en ese escenario nuevo, qué relaciones debía crear el hombre con el mundo.

Montaigne responde a este problema de una forma rotundamente clásica siguiendo en parte a Sócrates, a Platón o a Aristóteles, y a Epicuro. Examina la experiencia del pasado y deduce una certeza: el hombre es una bestia con logos, nunca puede ser Dios, aunque a veces puede ser divino, en ocasiones, cuando mira y ve, la mirada de Dios, theos oros, la teoría del mundo, sub aespecies eternitatis.

Somos básicamente bípedos implumes, animales que piensan, que hablan aunque casi nunca digan la verdad, que viven una vida material con sus exigencias y limitaciones. Medios o mediadores, entre los dioses y las bestias, quizás mediocres, no hay que avergonzarse de ser hombre, comete un crimen contra la Humanidad quién niega su condición de hombre, negándose a sí mismo. Y negando la Vida.

El ensayo es la reflexión del hombre sobre sí mismo. Renacimiento es el tiempo en que el hombre se sabe en un planeta, finito y limitado, como la Luna o Marte, en una región cualquiera del Universo. Pero sin embargo no se rinde a conocer, a superar su minoría de edad, mide el tiempo, mecánicamente, el reloj, fabrica mapas que amplían el centro del mundo, y al descubrir otro continente, descubre que ni el tiempo ni el espacio tiene centro ni sentido ni lógica ni dimensión humana.

Escribir es una pequeña cosa, algo menor, una acción sin eco, que se entiende como un entretenimiento ocioso en un mundo que se hunde y una vida que se apaga. Se escribe siempre después, después de haber vivido, después de la vida para citarla, y así resucitarla, para obtener una reflexión que de lección de vida. Pero Montaigne lanza un órdago feroz contra el propio acto de escribir como síntoma de una sociedad enferma. No se asienta una sociedad sobre los refinamientos de las cuartillas de los “intelectuales”. Escritores ineptos e inútiles….como los artistas…tiempo de crisis, tiempo de vicios inútiles, de cosas vanas.

El problema dice Montaigne es que sólo hay hombres buenos, con buena conciencia, cuando tienen mala fortuna. Y que la escritura es a menudo queja, denuncia, clínica, que amortigua el dolor o el arrepentimiento. Montaigne defiende por el contrario la escritura de nervio templado que sea ofrenda, consejo y eseñanza. Y si los males aumentan por la edad, ser sereno y agradecido con lo que se ha vivido. 

El árbol del saber

Si entramos en clase y pedimos a los alumnos que dibujen un árbol, algunos harán un dibujo de un tronco estrecho con dos ramitas, otros lo dibujarán más ancho o más alto con más hojas o más ramas, pero ninguno, o casi pues hay excepciones, le pintará las raíces: Al indicárselo argumentarán airadamente que “porque no se ven”. En realidad al pedirles a los chicos que piensen en un árbol, es decir que expresen cuál es su Idea de árbol, dado que no son evidentemente jardineros ni botánicos, tienen una imagen muy simple. El árbol para un joven urbano y digital es algo ocasional que le afecta a su cuerpo en tanto que obstáculo, o puede ser tan sólo como una percha para colgar sus zapatos viejos, o quizás una superficie donde escribir el nombre del ser querido. En su conciencia un árbol no necesita raíces, su Idea es superficial, es de primer grado de conocimiento, es casi meramente un efecto, un simulacro.

Descartes dibujó el árbol del saber, la física era el tronco, las ramas cada ciencia que se va separando o desgajando del tronco común, botánica, medicina, pero la raíz del árbol era la metafísica, literalmente lo que está más allá de la física, más allá de lo visible, lo invisible y sin embargo lo que mantiene en pié el árbol del saber, aquello de dónde se nutre, aquello que lo salva de las tormentas. Extraño que eso que está más allá de la fisis, está en realidad debajo de la tierra, oculto. La naturaleza ama esconderse dejó dicho Heráclito. Quizás sea éste el significado del gesto aristotélico con el que lo pintó Rafael en la academia ateniense del palacio Vaticano, y probablemente el sentido que los primeros griegos dieron a la fisis como un fondo secreto u oculto del que todo nace y al que todas las cosas retornan.
 
 
 
 
.PINTURA MURAL 003
 

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